jueves, 24 de octubre de 2013

Paso a Paso (I) Mis Diálogos sobre Marco Pérez… Miguel Romero

Paso a Paso    (I) Mis Diálogos sobre Marco Pérez…

Hoy es un día de esos que hace calor, demasiado calor para el tiempo que estamos, diría yo, pues estamos en invierno. Siempre que sucede decimos lo mismo, pero es verdad, el clima dichoso ha cambiado y las culpas se las vuelve a  llevar, una vez más, el consabido cambio climático. ¡Así es¡

Como tantos y tantos días, cruzo el Parque de San Julián pisando la arena –algo que me enrabieta por mancharme los zapatos-, me encuentro en mi camino la bella escultura de Lucas Aguirre, la contemplo por unos segundos y me dirijo al Círculo de la Constancia. Allí, dentro ya de su remozado espacio, me encuentro con Raúl Torres y sin apenas tiempo para preguntar por nuestra salud, nos enfrascamos en animada charla por alguna cuestión de nuestra querida Cuenca.

Suele pasar a menudo. Nuestra ciudad genera mucha  ilusión para el que la ama, pero encierra demasiada soberbia entre sus gentes, dados más al rasgo crítico por dejadez o villanía que al ensalzamiento de nuestros buenos actos y, por supuesto, al reconocimiento de nuestros grandes artistas y sus obras.

Miro el espacio que me rodea e inicio un dialogo apresurado, pero provocado. Aprovechando que el Casino me ha abierto las puertas al recuerdo le comento a Raúl una curiosidad del tiempo pasado.
-          Raúl, ¿sabías que aquí en este lugar, Marco Pérez, recibió el cariñoso calor de sus paisanos?
Él, como siempre, me dice:
-          Hombre Miguel, ¿cómo no voy a saberlo? Yo conocí a Marco Pérez, te recuerdo que tengo setenta y dos años y que el escultor murió el 17 de enero de 1983.
-          ¡Ya¡ –le respondí convencido-.
Convencido por eso de que es posible que así fuera, aunque siempre mi amigo Raúl, tuviera esa acostumbrada manera de haber conocido siempre a los grandes artistas, por serenidad de edad más que por realidad contenida.
-          Pero, Raúl, ¿sabrías darme sentido a cómo fue aquel homenaje?- le contesté con cierta sorna.
Él, como suele ser habitual en su compostura, me miró a los ojos y me dijo:
-          Miguel, te he dicho que lo conocí y desde luego, he sabido mucho de su vida, no tan agradecida como mereciese. Yo no pude ver aquel acontecimiento –como es lógico por el año en que ocurrió, 1926-, sin embargo, supe al detalle de cómo se desarrolló aquel acto.
-          Y ¿cómo fue?-, le dije con inusitado deseo de conocer…
-          Pues, recuerdo que lo leí en alguno de los reportajes de prensa que guardo en casa y desde luego, fue don Cayo Conversa,¡qué buen alcalde¡, quién propuso iniciar una suscripción para que Marco pudiese tallar una escultura procesional para la Semana Santa de nuestra Cuenca. Este fue el primer escalón de su fecunda actividad imaginera posterior.
-          ¡Vaya, vaya¡ No podía imaginarme que este detalle abriría el tarro de las esencias.

Fotos de la Cena Homenaje a Don Luis Marco Pérez, tercero sentado por la izquierda, en el Circulo de la Constancia en Cuenca, 1926. Fotos de Pepe Benedicto.



Y así fue. Luís Marco Pérez recibió su primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes, a la que solamente había enviado una sola obra: El hombre de la Sierra, también llamado el Hachero o el Leñador.
Recuerdo una crítica a esta magnífica obra: “Bernardino de Pantorba escribió que Luís Marco Pérez, era el escultor de los tipos de Cuenca y como hombre agudo sabía plasmar el carácter de la ruda gente de su tierra, construyéndola vigorosamente: Es un artista que atiende a la hora en que vive y se fija en la tierra donde ha nacido. Así lo hará después en sus imágenes de Semana Santa, donde cuerpos vigorosos y reales, descienden desde el Cielo a la tierra de Cuenca. Trabaja la piedra como la madera la modo de los grandes maestros del pasado; su maestría tiene su ascendencia en los imagineros de Castilla

Apenas una semana más tarde de aquel homenaje del Círculo de la Constancia, el Ayuntamiento lo nombraba hijo predilecto de la ciudad de Cuenca, el 28 de junio, gracias a una propuesta de 593 firmas que lo solicitaban.

Luego, su matrimonio con María del Carmen Sevillano en 1927, su entrada como profesor en la Escuela Provincial de Artes y Oficios. En ese mismo año, hizo la escultura de Lucas Aguirre. Luego, en 1928 se le nombra escultor municipal y con ello, la obligación de “entregar en cada Semana Santa un paso hasta seis de figuras.”

Ha pasado la tarde y salgo de mi reencuentro en ese Casino familiar, camino hacia mi casa  y siento una obstinada obligación de pasar nuevamente por el parque San Julián para buscar ese hombre de la Sierra, -esa copia como vaciado que fundieron los hermanos Codina, en sus talleres situados en el número 5 de la calle Ardemans-. Y, luego contemplo con asombro la maravillosa escultura de doña Gregoria de la Cuba y Clemente, la benefactora que tiene panteón en el Molino de Papel. Después regreso a casa.

1928 sería un año especial. Lo sería y lo sigue siendo, porque con él se iniciaba esa proyección asombrosa de quién iba a ser uno de los imagineros castellanos de mayor solemnidad. Este Marco Pérez que bebió de maestros como Gregorio Fernández, Juan de Juni y Francisco Rincón, que aprendió de Soler y Llopis, consiguiendo arte, maestría y perfección al igual que Emiliano Barral, José Capuz, Juan Adsuara, Orduna y Victorio Macho –coetáneos en vida y obra-, y que en aquel 1928, daba sus primeros rasgos de cincel a la madera virgen que permitiría dar vida a tallas inmaculadas de un tesoro nazareno, el nuestro.

Llegó el verano y en mis habituales correrías, me acerqué a Fuentelespino de Moya. Allí, al lado de esa inmensa torre campanario que se divisa desde la legendaria Moya, me encontré a Vicente Pérez y a José Benedicto Sacristán. Uno y otro, charlaban ensimismados sin apenas darse cuenta de mi presencia.
-          ¡Buenas tardes tengan vuesas mercedes¡ -dije con cierta confianza y, algo de sorna.
-          ¡Miguel, coño, cuánto tiempo¡ -contestó con sonrisa de oreja a oreja, José Benedicto. -¿Qué es de tu vida?
Pronto, tomé aposento de la charla animada que allí interrumpí y, sin más contemplación, que mi imperiosa necesidad de conocer e intervenir, me hice el dueño de la misma.
-          Vicente, ¿qué tal estás?
-          Bien –me contestó sin mucha explicación.
-          Sabes, recuerdo aquel lejano día, junto al diputado de Cultura de entonces, en el que presentamos vuestro libro en el incomparable marco del Monasterio de Tejeda. ¿Os acordáis? –injerí con nostalgia.
Pronto, les llevé a mi terreno que, sin duda, era el que más les atraía a los dos.
-          José Benedicto, he venido por estos lugares para reencontrarme con el espíritu de nuestro común recordado Luis Marco Pérez.
-          ¡Ah¡, cuánto por agradecer y que poco se le hace.
-          Cierto. Pero, ahora estamos nosotros recordándole y eso siempre es buena noticia. Cuéntame cómo fue su llegada a Valladolid, porque me interesa aquella etapa.
-          ¿A Valladolid? Y por qué a ese lugar –me recriminó Vicente.
-          Hombre, Vicente, porque allí conoció la obra de Gregorio Fernández y allí empezó a difuminar lo que iba a ser su maestría para nosotros los conquenses semansanteros.
-          ¡Ah, coño¡ Ya se por dónde vas puñetero.

Marco Pérez, el 26 de abril de 1933 era nombrado Profesor de Término de Modelado y Vaciado y Composición Decorativa en Escultura, de la Escuela de Artes y Oficios de Valladolid. Allí, en la cuna de la imaginería profunda castellana, iba a beber de su manantial artístico.
Sin embargo, su inquieta personalidad le llevó a las Exposiciones nacionales de escultura, a viajar por toda Europa y, nuevamente, a regresar a Valladolid para ampliar su conocimiento y enriquecer su fama. La guerra civil le corta su carrera y le frena su trayectoria, pero también le abre el camino a Latinoamérica, recalando en Bogotá.
Acabada la guerra le expedientan y tiene que soportar tristes momentos. Depurado, en septiembre del 1939, se incorpora a Valladolid y de ahí, a Madrid.
-          ¡Oye, Miguel, qué es lo que te interesa, que seguro que a ti te ha traído aquí algo¡- le requirió Vicente.
-          Llevas razón Vicente. Me gusta que hablemos de sus Pasos, de sus grandes obras procesionales, de sus maravillosas creaciones religiosas, con esa fuerza, con ese realismo, con esa intensidad, con esa….
-          ¡Para coño, para¡ -me espetó José Benedicto.
Y así fue. Acabada la guerra, en aquel año 1940 y hasta el 1955, Marco Pérez dedicó gran parte de su actividad creativa a las imágenes procesionales. Lo hizo, porque las dramáticas consecuencias de la guerra le habían mantenido muy vinculado a Cuenca, ya que al haber desaparecido la mayoría de los Pasos como consecuencia de la barbarie, era necesaria su reposición y ahí, entraría su arte, su maestría y su talento.
- Oye, Vicente –le cortó Benedicto en su animada charla- ¿no fue el Jesús Nazareno de El Salvador y también, el Amarrado a la columna de San Antón, sus primeros encargos?
- Si, así fue, creo.
Las Hermandades empezaron a pedirle sus imágenes con avidez y él no podía negarse a sus paisanos. Lo creía necesario y fundamental.
Hasta 1944, empezó a estudiar a fondo a los grandes maestros castellanos y andaluces del Siglo de Oro, al Salzillo dieciochesco, de ahí el paso de San Juan Bautista; la Oración en el Huerto, el guapo San Juan, el Beso de Judas, la Virgen y San Juan, la Soledad y el Cristo Yacente. Todos, en 1941 y 1942.
Un poco después, al año siguiente, El Cristo de los Espejos y la Virgen de la Angustias, objeto ésta última de especial predilección suya y que recuerda de manera extraordinaria a uno de sus maestros, el gran imaginero vallisoletano Gregorio Fernández.
-          Claro, eso se ve perfectamente analizando su cuerpo –me dice Vicente.
-          ¿Cómo su cuerpo? –le contesto.
-          Por supuesto. Mira el tratamiento anatómico del Cristo y en el patetismo del rostro de la Madre doliente. ¿No lo captas? Es como las imágenes esculpidas por el gran Fernández.
-          Es verdad, es verdad. Está claro.
Luego, los años siguientes. En el 1945, El Descendimiento, una de sus más afortunadas creaciones. Luego, en 1947, San Pedro Apóstol, de acentuado eco salzillesco. Con sus últimas imágenes, Luis Marco Pérez apostaría –no sin pleno convencimiento-  por esa policromía que le exigían las Cofradías conquenses.

-          La imaginería grandiosa de este escultor aún falta por ser debidamente reconocida Miguel. Debemos insistir en ello.
-          Desde Luego Benedicto, merece figurar entre los renovadores españoles como José Capuz, Víctor González Gil, Soriano Montagut, Coullaut-Valera, Adsuara, Planes, León Ortega y un largo ecétera –le contesté con total convencimiento.
-          Pues ahí es donde debemos llegar, Miguel. A que Cuenca se lo reconozca con todo el cariño que merece y con todo el respeto que requiere. Fue el más grande imaginero conquense y él tiene que tener el reconocimiento justo por todas las instituciones. ¡Ojalá, lo consigamos¡
-          ¡Qué así sea¡ Adiós Vicente, adiós Benedicto. Seguiremos en ello.

Hablaremos en otro momento, -quizás haya espacio para ello-, de su prolífica proyección en la imaginería conquense, de su patria chica, Fuentelespino de Moya, del momento político en el que nació –allá por el 1896- momentos antes de la gran crisis colonial de 1898, de su infancia y de su juventud, de su estancia en Valencia y luego Madrid y, sobre todo, de sus “Pasos”, uno a uno, para admirar el tratamiento del arte a quién, una ciudad como Cuenca, le sigue debiendo homenaje. Ya lo haremos, ahora, quede pues este homenaje sencillo por mi parte.

Miguel Romero
Nazareno

2011

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